Me llamo Alba y tengo 26 años. He conocido esta iniciativa a través de Carmen Soler, Socia-Directora Grupo OTP, una de las organizadoras de estos premios y -lo más importante- una gran persona (ahí queda eso, Carmen 😉 ).

Pues bien, ya que el tema son los I Premios Hospital Optimista, os voy a hablar precisamente de estas dos cosas: los hospitales y el optimismo, que considero que es algo imprescindible para ser feliz y tener éxito, en cualquier ámbito de la vida y sean cuales sean las circunstancias de cada uno. Y para ello, aunque mi historia no es lo realmente importante aquí, creo que explicarla es la mejor manera de demostrarlo, porque la teoría nos enseña mucho pero pienso que la realidad de nuestras vidas es nuestra verdadera maestra y la mejor que existe.

Ésta es mi historia

Hasta junio de 2007, mi vida transcurría por el mismo camino que la de muchos otros jóvenes: estaba estudiando bachillerato por las mañanas, trabajando de auxiliar administrativa por las tardes y el resto de tiempo lo ocupaba en estar con mis amigos, mi pareja y mi familia. En aquellos días estaba muy concentrada en estudiar y hacer planes, ya que de unos pocos días dependía mi futuro próximo; estaba inmersa en los exámenes de la selectividad, soñaba con disfrutar al máximo del primer verano en que sería mayor de edad y pretendía independizarme e irme a vivir a Barcelona para empezar la universidad en septiembre.

Pero el día después de acabar los exámenes, justo en el momento en que yo consideraba que empezaba mi libertad, un accidente de tráfico me la quitó de golpe. Una semana después me desperté de un coma inducido en el Hospital Clínico de Barcelona, con una lesión medular y sin poder mover nada más que los ojos.

Pasé pocos días en el Hospital Clínico (despierta, creo que sólo tres) y no recuerdo casi nada, pero tengo algunos momentos e imágenes del personal grabados en mi cabeza: mi cama rodeada de gente, las enfermeras buscándome por internet la nota de selectividad y felicitándome todas juntas, una de ellas haciendo viajes a mi cama para ponerme cada uno de los capítulos de una serie, para que estuviera distraída durante las noches eternas… Y sonrisas, muchas sonrisas.

Después de unos días allí, me operaron de las cervicales, me hicieron una traqueotomía para ponerme un respirador mecánico (una máquina con un tubo conectado al cuello, como la que llevaba Christopher Reeve, Superman para los amigos J) y me trasladaron al Institut Guttmann, donde pasaría muchos meses hasta poder volver a mi casa el año siguiente. También cabe señalar que, para estar más cerca de mí en esos momentos difíciles, mi madre estuvo todo ese tiempo durmiendo en Badalona y pasando los días enteros conmigo, mientras que mi padre venía cada día después de trabajar (además de las visitas del resto de personas de mi entorno), así que el hospital se convirtió en nuestra casa y el personal en mi segunda familia.

Mi recuperación en el hospital y qué me ayudó a seguir adelante con una sonrisa

En el tiempo que estuve recuperándome en el hospital pasé por muchas cosas y muchos cambios (y mis seres queridos los sufrieron conmigo). Para que se aprecie la diferencia compararé cómo entré en el hospital con cómo salí.

Cuando llegué no podía mover nada en absoluto excepto los músculos de la cara, estaba llena de cables y máquinas por todos lados, no podía respirar por mí misma (por eso llevaba el respirador conectado a una traqueotomía), no podía hablar, al estar acabada de operar llevaba un collarín enorme, debía estar estirada en la cama siempre, mi cuerpo estaba loco y descompensado en todos los sentidos (por ejemplo, igual me ponía a 40º de fiebre y al poco rato estaba congelada), tenía que tomar muchos medicamentos… Y más cosas, pero no voy a aburrir más con eso. Ahora se dice rápido, pero poco a poco y con mucho esfuerzo mío y de mis rehabilitadores, fui mejorando.

Cuando volví a mi casa un año después había recuperado algo de movilidad (cabeza, cuello y hombros), me podía estar sentada en la silla todo el día, había vuelto a aprender a respirar sola (dejando completamente la respiración asistida), volvía a hablar como una cotorra sin quedarme sin aire a los dos segundos, ya no llevaba collarín, había engordado hasta un peso “normal” y tenía un aspecto más saludable, había superado muchas situaciones críticas y contratiempos por el camino (sustos varios, problemas respiratorios graves, varias infecciones y virus por los que había tenido que estar temporadas más o menos largas encerrada en la habitación y aislada de la gente, dos úlceras que me costaron varios meses seguidos en la cama sin poderme levantar, etc.)…

Y esa mejoría puedo y debo agradecerla en gran parte al personal de Guttmann (y ya que estoy, aprovecho este escrito para hacerlo): por su profesionalidad, su atención y sobre todo su calor humano, su cariño y el buen humor de casi todos. ¡También se podría agradecer a la persona de RRHH que selecciona los trabajadores, porque opino que hace muy bien su trabajo! 🙂

Imaginaos cómo hubiera sido este largo proceso de recuperación si no hubiera estado a gusto con las personas que me acompañaban 24h al día y 7 días a la semana… Pero en mi caso fue al contrario, creo que al sentirme como en casa o entre amigos muchas cosas me resultaron más leves de lo que en realidad eran. Para mí, ese es el efecto que tiene un Hospital Optimista.

Las primeras semanas conocí a Ramon Barrufet, un señor de Valls que unos 20 años atrás había tenido un accidente haciendo “castells” y cuya lesión medular era similar a la mía, la suya un poco más alta (más grave). Con su experiencia y su gran optimismo, él y su familia me ayudaron mucho en esos inicios de incertidumbre y con todo lo que vendría después. Más tarde, conocí a Lali Trias, con una discapacidad física desde niña, pero una personalidad  y un corazón extraordinarios. Se convirtió enseguida en mi ángel de la guarda y una especie de segunda madre para la mía y para mí, y nos ayudó mucho anímicamente, dándome la oportunidad de vivir experiencias que nunca podría haber vivido de otra manera y, sobre todo, con su carácter y su fortaleza.

Por desgracia, estas dos grandes personas ya no están entre nosotros; me marcaron especialmente y para siempre, por eso aprovecho para mencionarlos aquí aunque la mayoría no los hayáis conocido, como un pequeño agradecimiento que no compensa en absoluto todo lo que significaron para mí.

Y después…

Como era de esperar, no me pude recuperar hasta el punto de estar como antes ni mucho menos (al sufrir una lesión medular completa en las vértebras C3-C4-C5, entre otras cosas no tengo movilidad en absoluto por debajo de los hombros -no puedo mover ni piernas, ni cuerpo, ni manos, ni brazos…- y todas las consecuencias que ello conlleva). Pero aun así estoy viva y la diferencia a mejor desde que tuve el accidente es abismal. Y a pesar de que mi vida haya dado un vuelco y esté muchísimo más limitada en muchos sentidos, no me cierro ninguna puerta e intento (y creo que lo consigo bastante) llevar una vida lo más activa posible y hacer todas las cosas que pueda, cuantas más mejor. En definitiva, recuerdo y sigo el primer consejo que me dio mi médico al llegar al hospital: “A partir de ahora no te fijes en lo que no puedes hacer, siempre piensa en todo lo que sí puedes conseguir, que son muchas cosas”.

A pesar de todos los problemas y dificultades de esa época, no tengo un mal recuerdo en general, en gran parte gracias a las personas con las que compartí tantos momentos, algunos duros pero muchos otros alegres y divertidos. Sinceramente no recuerdo haber llorado mucho durante aquel año, pero en cambio sí recuerdo a las numerosísimas personas que se cruzaron conmigo y las muchas risas que compartí con ellas. Está en poder de cada uno convertir las revisiones, la rehabilitación, las horas muertas, etc., en ratos un poco más entretenidos y agradables; sólo hace falta un poco de actitud y relacionarse con todo el mundo: médicos, enfermeros, auxiliares, administrativos, chic@s de la limpieza, de mantenimiento… En mi caso, todos me ayudaron de alguna manera a estar más a gusto, a pesar de estar en un hospital. Y por supuesto, iniciativas como las que se premian en estos Premios Hospital Optimista ayudan mucho a conseguirlo.

Estoy segura de que si las chicas del Clínico no hubieran sido tan simpáticas conmigo, si Ramon no hubiera sido mi maestro de vida en esos primeros momentos, si Lali no me hubiera contagiado su fuerza y su creencia de que todo es posible, si la gente con la que compartía días y noches en Guttmann no hubiera sido tan cercana conmigo y los míos, si mi madre (la persona que más tiempo pasaba a mi lado) no hubiera sido tan fuerte y positiva, si no hubiera recibido el apoyo de mi entorno en ese momento (pareja, familia, amigos, compañeros/as en el hospital, etc.)… sin la influencia positiva de todos ellos no sería la persona que soy ahora, ni habría hecho y logrado tantas cosas, ni siquiera creo que me hubiera recuperado del mismo modo. Está claro que toda esta historia  es lo peor, pero el lado bueno es que gracias a ello he conocido a gente maravillosa con la que seguramente no hubiera coincidido de otro modo.

Unos 3 o 4 años después volví al Clínico para visitar a los que había conocido después de mi accidente y, a pesar de que sólo estuve ingresada 10 días, algunas de las enfermeras me reconocieron nada más verme e incluso se acordaban de mi nombre… Y este tipo de detalles la verdad es que hacen ilusión.

Y qué decir de Guttmann… Desde entonces he vuelto a ir infinidad de veces para hacerme pruebas, visitas y revisiones, algunas intervenciones quirúrgicas leves, y por “complicaciones extra” (soy una pupas) he estado ingresada un par de veces más durante varios meses. Pues bien, cada vez que voy me doy una vuelta por todo el hospital para hacer una visita a todos, así que sé cuando entro pero nunca cuando saldré… Y cada vez que he estado ingresada, a pesar de tener ganas de volver a casa, siempre me ha dado cierta pena hacerlo (un síndrome de Estocolmo bastante acentuado, por lo que parece jejeje). Y es que si me pasa esto, por algo será.

La importancia de un entorno optimista

En mi recorrido por estos y otros hospitales durante estos años, he conocido innumerables médicos, enfermeros, auxiliares, etc., con diferentes formas de ser y de tratar a los pacientes. En algunas ocasiones me he encontrado con algunos sin ningún tipo de experiencia con personas con lesión medular (obviamente en este caso no me estoy refiriendo a Guttmann) y he tenido que explicar yo algunas cosas o mis acompañantes han tenido que ayudar, pero no me ha importado porque hasta cierto punto creo que los conocimientos o la técnica no son lo más importante para un paciente, o por lo menos para mí. Lo realmente primordial es que te traten bien, que transmitan simpatía y empatía, poder sentirse como una persona y no como un número.

No sé cómo será estar en el hospital en otro tipo de condiciones (siendo un niño, con una enfermedad terminal, etc.); pero puedo decir que al menos en mi caso, cuando uno no puede hacer casi nada por sí solo y por lo tanto necesita ayuda para casi todo en su vida diaria, la predisposición y la actitud del personal sanitario es muy importante. Se comparten muchas horas y situaciones, por lo que es mucho mejor si uno siente cercanía y cierta confianza con las personas que se encargan de ayudarle cada día a hacer lo más básico.

En resumen y para terminar quiero decir que, aparte de la fortaleza interior de cada uno, pienso que la energía positiva en el entorno y en uno mismo es la mejor medicina para el cuerpo y para la mente; obviamente no digo que por ser optimista las enfermedades se curen solas por arte de magia, pero reír mucho y mantener una actitud positiva proporciona la fuerza más potente y valiosa para salir adelante en los momentos críticos. Por eso creo que es genial y necesario premiar e invertir en cualquier iniciativa que sirva para favorecer el bienestar de los pacientes, las familias y los trabajadores sanitarios; es una buena manera de contribuir a que, a pesar de estar pasando por un mal momento, todas las personas implicadas puedan llegar a ser un poco más felices, que al final es lo que más importa.

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